Las 7 lecciones del maestro de escuela

Las 7 lecciones del maestro de escuela

Qué enseña realmente la escuela, según el profesor John Taylor Gatto

LAS 7 LECCIONES DEL MAESTRO DE ESCUELA

Por John Taylor Gatto. Maestro del Año del Estado de Nueva York, 1991.

Llámenme Sr. Gatto, por favor. Hace veintiséis años, no teniendo nada mejor que hacer, intenté ser maestro de escuela. Mi licencia certifica que soy instructor de Lengua y Literatura inglesa, pero eso no es lo que yo hago. No enseño inglés, enseño escuela – y me dan premios por ello.

Enseñar significa diferentes cosas en diferentes lugares, pero hay siete lecciones que se enseñan en todas partes, desde Harlem a Hollywood Hills. Constituyen el curriculum nacional por el que ustedes pagan de más formas de las que pueden imaginar, así que está bien que sepan en qué consiste. Ustedes son libres, por supuesto, de considerar estas lecciones como consideren, pero créanme si les digo que mi discurso no pretende ser irónico. Éstas son las cosas que enseño, y ustedes me pagan por enseñarlas. Hagan con ellas lo que consideren oportuno.

1. CONFUSIÓN

Una mujer llamada Kathy me escribió esto desde Dubois, Indiana, el otro día:

“¿Qué grandes ideas son importantes para los niños pequeños? Bueno, la mayor idea que creo que necesitan es que lo que están aprendiendo no es idiosincrásico; que todo sigue un sistema y no es sólo algo que les cae encima sin sentido mientras lo absorben sin ayuda. Ésa es la tarea: comprender, mostrar la coherencia.”

Kathy se equivocaba. La primera lección que enseño es la confusión. Todo lo que enseño está fuera de contexto. Enseño la no-relación entre las cosas. Enseño cosas desconectadas. Enseño demasiado: las órbitas de los planetas, la ley de los grandes números, la esclavitud, los adjetivos, dibujo técnico, baile, gimnasia, canto coral, asambleas, simulacros de incendio, lenguajes de programación, formación continua, educación especial, orientación con extraños a los que mis alumnos probablemente no vuelvan a ver jamás, exámenes estandarizados, separación por edades como no se ve en ningún otro lugar en el mundo de afuera… ¿Qué tienen que ver unas cosas con otras?

Incluso en las mejores escuelas, si examinamos de cerca el currículum y sus secuencias, comprobamos que hay una falta de coherencia, que están llenos de contradicciones internas. Por suerte, los niños no disponen de palabras para describir el pánico y el enfado que sienten por esta constante violación del orden y la secuencia natural que se les impone como calidad educativa. La lógica de la mente escolar dicta que es mejor salir de la escuela con una buena provisión de jerga superficial derivada de la economía, la sociología, las ciencias naturales, etc, que salir con un sólo y genuino entusiasmo. Pero la educación de calidad implica aprender algo en profundidad. La confusión se arroja sobre los niños de la mano de demasiados adultos desconocidos, cada uno de ellos trabajando a solas, con una muy leve relación con los demás y, en su mayoría, fingiendo una pericia que en realidad no poseen.

El sentido, no los hechos desconectados, es lo que los seres humanos sensatos buscan. Y la educación es un conjunto de códigos para convertir los meros hechos en significados. Detrás de los retazos de secuencias escolares y de la obsesión escolar por los hechos y las teorías, la búsqueda ancestral permanece bien escondida. Esto es más difícil de ver en la escuela primaria, donde la jerarquía de la experiencia escolar parece tener más sentido, porque se asume que la afable y sencilla conexión de “hagamos esto” y “hagamos aquello” significa algo, y la clientela todavía no ha discernido conscientemente la poca sustancia que hay detrás del juego y la apariencia.

Piense en todas las grandes secuencias naturales como aprender a caminar o a hablar; seguir la progresión de la luz desde el amanecer hasta el ocaso; presenciar los procesos antiguos de un granjero, un herrero o un zapatero; observar a la madre preparando un festín de Acción de Gracias… Todas las partes están en perfecta harmonía, cada acción está justificada e ilumina la anterior y la posterior. Las secuencias escolares no son así, ni dentro de una misma clase ni en medio del menú total de las clases diarias. Las secuencias escolares son una locura. No hay ninguna razón particular que las justifique, nada que supere un escruto minucioso. Pocos profesores osarían enseñar las herramientas con las que los dogmas de la escuela o de un profesor pudieran ser criticadas, puesto que todo debe ser aceptado. Las asignaturas son aprendidas, si es que se pueden aprender, como de niños se aprende uno el catecismo o los 39 artículos del anglicanismo.

Enseño la no-relación de todas las cosas, una infinita fragmentación opuesta a la cohesión; lo que hago se parece más a la programación televisiva que a crear un sistema de orden. En un mundo en el que el hogar es sólo un fantasma, porque ambos padres trabajan, o porque hay demasiadas mudanzas, o demasiados cambios de trabajo, o demasiada ambición, te enseño cómo aceptar la confusión como tu destino. Ésa es la primera lección que enseño.

2. POSICIÓN EN LA CLASE 

La segunda lección que enseño es la posición en la clase. Enseño que los alumnos deben permanecer en la clase a la que pertenecen. No sé quién decide que mis niños pertenecen a esa clase, pero eso no es asunto mío. Los niños son numerados de forma que, si alguno se aleja puede ser devuelto a la clase correcta. Con el tiempo, la variedad de formas en que los niños son numerados ha incrementado drásticamente hasta el punto en que se hace difícil ver simplemente seres humanos bajo el peso de los números que acarrean. Numerar a los niños es una tarea enorme y provechosa, aunque lo que la estrategia pretende pasa desapercibido. Ni siquiera sé por qué los padres habrían de permitir, sin pelear, que esto se le haga a sus hijos.

En cualquier caso, y de nuevo, eso no es asunto mío. Mi trabajo consiste en hacer que les guste estar encerrados junto a otros niños que tienen números parecidos. O al menos que lo resistan deportivamente. Si hago bien mi trabajo, los niños ni siquiera serán capaces de imaginarse a si mismos en otro lugar, porque les habré enseñado a envidiar y a temer las clases mejores y a despreciar las inferiores. Bajo esta eficiente disciplina, la clase básicamente se controla a si misma y mantiene el orden. Esa es la verdadera lección de cualquier competición amañada como la escuela. Llegas a conocer cuál es tu lugar.

A pesar de la previsión general de la clase, que asume que el 99% de los niños están en su clase para quedarse, yo intento esforzarme públicamente para incitar a los niños a lograr mejores resultados en sus exámenes, insinuando un eventual traspaso a una clase superior como recompensa. A menudo insinúo que llegará un día en que el empleador los contratará por sus notas, aunque en mi experiencia eso a los empleadores les resulta del todo indiferente. Nunca miento abiertamente, pero he llegado a la conclusión de que la verdad y la enseñanza escolar son, en el fondo, incompatibles -tal como afirmó Sócrates hace varios miles de años. La lección de las clases numeradas es que todo el mundo tiene un lugar asignado en la pirámide y que no hay forma de salir de tu clase que no sea por arte de magia. Si eso no funciona, debes permanecer en el lugar que te han asignado.

3. INDIFERENCIA

La tercera lección que enseño a los niños es la indiferencia. enseño a los niños a no preocuparse mucho por las cosas, aunque ellos quieren hacer ver que sí les importan. Lo hago de una manera muy sutil. Lo que hago es que les exijo que se involucren por completo en mis lecciones, moviéndose expectantes en sus sillas, compitiendo vigorosamente entre ellos por mi favor. Es reconfortante cuando lo hacen; impresiona a todo el mundo, incluso a mi. Pero cuando suena el timbre insisto en que dejen de hacer lo que sea que estuvieran haciendo y que procedan rápidamente a la siguiente tarea. Tienen que encenderse y apagarse como un interruptor de la luz. Nunca se termina nada importante en mis clases, ni en ninguna otra clase que yo conozca. Los estudiantes nunca tienen una experiencia completa excepto en el pago de la matrícula.

En realidad, la lección que enseña el timbre es que ninguna tarea merece ser terminada así que, ¿para qué esmerarse? Años de timbres condicionan a cualquiera en un mundo que ya no puede ofrecer tareas relevantes. Los timbres son la lógica secreta del período escolar; su lógica es inexorable. Los timbres destruyen el pasado y el futuro, convirtiendo cada intervalo en monotonía, igual que la abstracción de un mapa reduce cada montaña y cada río a lo mismo aunque no lo son. Los timbres inoculan cada tarea con la indiferencia.

4. DEPENDENCIA EMOCIONAL

La cuarta lección que enseño es la dependencia emocional. Con estrellas y puntos rojos, caritas sonrientes y caritas tristes, premios, honores y vergüenza, enseño a los niños a someter su voluntad a una cadena de mando predestinada. Una autoridad les puede dar o quitar derechos sin que puedan apelar, porque los derechos no existen en la escuela (ni siquiera el derecho a la libre expresión, tal como establece el Tribunal Supremo) a menos que las autoridades escolares te lo permitan. Como maestro de escuela intervengo en muchas decisiones personales, firmando pases para aquellos que considero que lo meren, o iniciando un enfrentamiento disciplinario por los comportamientos que amenazan mi control. En los niños y los adolescentes la individualidad siempre trata de imponerse, así que mis decisiones deben ser rápidas y concisas. La individualidad contradice la teoría de la clase, es una maldición para todos los sistemas de clasificación.

Éstas son algunas de las formas en que se presenta: los niños se escabullen para tener un momento de privacidad en el baño con el pretexto de hacer sus necesidades, o usurpan un instante de privacidad en el pasillo pretendiendo que necesitan beber. Sé que no es verdad, pero dejo que me engañen porque esto les condiciona a depender de mis favores. A veces el libre albedrío aparece ante mi en niños que se enfadan, se deprimen o se alegran por cosas que escapan a mi comprensión; los derechos en estas cuestiones no pueden ser reconocidos por los maestros de escuela, únicamente privilegios que pueden ser retirados, rehenes del buen comportamiento.

5.DEPENDENCIA INTELECTUAL

La quinta lección que enseño es la dependencia intelectual. La gente buena espera que el profesor les diga lo que deben hacer. Es la lección más importante: que debemos esperar a que otras personas, mejor preparadas que nosotros, le den sentido a nuestra vida. El experto toma las decisiones importantes; sólo yo, el profesor, puede decidir qué debes estudiar o, más bien, sólo la gente que me paga puede tomar esas decisiones que yo luego ejecuto. Si me dicen que la evolución es un hecho y no una teoría, así lo transmito, castigando a los desviados que se resisten a pensar lo que yo les diga que han de pensar. Este poder de controlar el pensamiento de los niños me permite distinguir fácilmente a los buenos estudiantes de los mediocres.

Los buenos estudiantes piensan lo que yo les digo con mínima resistencia y mostrando algo de entusiasmo. De las millones de cosas que merecen ser estudiadas, yo decido para cuáles tenemos tiempo; en realidad, lo deciden mis empleadores sin rostro. Ellos deciden ¿por qué debería discutirlo? La curiosidad no ocupa un lugar importante en mi trabajo, sólo la conformidad.

Los niños malos se oponen a esto, claro, a pesar de que no tienen los conceptos para saber contra qué están luchando. Se esfuerzan por tomar sus propias decisiones sobre qué aprenderán y cuándo lo aprenderán. ¿Cómo podemos permitir eso y sobrevivir como maestros de escuela? Afortunadamente, hay formas de someter la voluntad de aquellos que se resisten; es más difícil, naturalmente, si el niño tiene padres respetables que acuden en su ayuda, pero eso sucede cada vez menos aún a pesar de la mala reputación de las escuelas. Ningún padre de clase media que yo haya conocido cree que la escuela de su hijo es una de las malas. Ni un sólo padre en veintiséis años de profesión. Esto es sorprendente y es, probablemente, la mejor prueba de lo que les pasa a las familias cuando el padre y la madre han sido bien escolarizados y han aprendido las siete lecciones.

La gente buena espera que un experto les diga lo que deben hacer. No exagero si digo que toda nuestra economía depende de que esta lección sea aprendida. Piense en lo que se desmoronaría si no enseñáramos a los niños a ser dependientes: los trabajos de servicios sociales apenas podrían sobrevivir; se desvanecerían, creo, en el limbo reciente del que surgieron. Los consejeros y terapeutas verían con horror cómo desaparece la provisión de inválidos psíquicos. El entretenimiento comercial de todo tipo, incluyendo la televisión, se marchitaría a medida que la gente volviera a aprender cómo entretenerse por si misma. Los restaurantes, la comida precocinada y la multitud de servicios asociados se reduciría drásticamente si la gente volviera a preparar su propia comida en vez de depender de que gente extraña plantara, recolectara, cortara y cocinara la comida para ellos. Buena parte del derecho, la medicina y la ingeniería también desaparecería, así como la industria textil y la enseñanza escolar, a menos que se garantice que las escuelas continúen suministrando una provisión de gente incapaz todos los años.

No se apresure en sumarse a la reforma escolar si quiere seguir cobrando su nómina. Hemos construido una forma de vida que depende de que la gente haga lo que se le dice porque no sabe cómo decírselo a si misma. Es una de las mayores lecciones que enseño.

6. AUTOESTIMA PROVISIONAL

La sexta lección que enseño es la auto-estima provisional. Si alguna vez ha intentado meter en cintura a un niño cuyos padres le han convenido de que le amarán incondicionalmente, sabrá que es imposible lograra que estos espíritus autosuficientes se conformen. Nuestro mundo no resistiría un flujo de gente segura de si misma por mucho tiempo, así que enseño que el respeto por ti mismo debe depender de la opinión de un experto. Mis niños son constantemente evaluados y juzgados.

Enviamos un informe mensual a las casas de los alumnos para mostrar aprobación o indicar exactamente cuán insatisfechos deben estar los padres respecto de sus hijos. La ecología de la “buena” escolarización depende de que se perpetúe la insatisfacción tanto como la economía comercial se nutre de lo mismo. Aunque algunas personas puedan sorprenderse del poco tiempo y la poca reflexión que dedicamos a estos informes matemáticos, el peso acumulado de estos documentos, en apariencia objetivos, dibuja un perfil que obliga a los niños a llegar a ciertas conclusiones sobre si mismos y su futuro en base al juicio casual de un extraño. La auto evaluación, materia prima de todos los sistemas filosóficos serios que ha habido en este planeta, nunca es un factor a considerar. La lección de los boletines de notas y los exámenes es que los niños no deberían creer en si mismos ni en sus padres, sino que deben confiar en la evaluación de  las personas oficialmente capacitadas. La gente necesita que se le diga cuánto vale.

7. NO PUEDES ESCONDERTE

La séptima lección que enseño es que uno no puede esconderse. Enseño a los niños que siempre son observados, que están bajo constante vigilancia, mía y de mis colegas. No hay espacios privados ni tiempo privado para los niños. Los cambios de clase duran trescientos segundos para mantener la fraternización promiscua en niveles mínimos. Se anima a los alumnos a delatarse entre ellos o incluso a sus propios padres. Por supuesto, también incito a los padres a comunicar las veleidades de sus hijos. Una familia entrenada para delatarse a si misma no podrá esconder ningún secreto peligroso.

Asigno un tipo de escolarización extendida que llamamos “deberes”, para que el efecto de la vigilancia, si no la vigilancia misma, se cuele en el interior de los hogares, donde de otro modo los alumnos podrían usar el tiempo libre para aprender algo no autorizado de sus padres, explorando o aprendiendo de alguna persona sabia de su vecindario. La deslealtad a la idea de la escolarización es un diablo siempre a punto de hacer su trabajo en manos ociosas.

El significado de la vigilancia constante y la negación de la privacidad es que no se puede confiar en nadie, que la privacidad no es legítima. La vigilancia es un imperativo antiguo adoptado por algunos pensadores influyentes, una prescripción central establecida en La República, la Ciudad de Dios, en los Institutos de la religión cristiana, en La Nueva Atlántida, en el Leviathan y en muchos otros lugares. Todos esos hombres sin hijos que escribieron estos libros descubrieron lo mismo: hay que vigilar a los niños de cerca si queremos mantener a la sociedad bajo un estricto control central. Los niños seguirán a un tamborilero privado si no los metes en una banda uniformada.

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