¿Por qué hacemos unschooling?

¿Por qué hacemos unschooling?

Hay muchas formas de educar sin escuela. Una de las más radicales es el llamado «unschooling».  ¿Por qué la hemos elegido?

De un tiempo a esta parte vengo notando un auge del unschooling cosa que me complace y me asusta a partes iguales. Me asusta que se esté poniendo de moda y que la gente empiece a hacerlo porque mola, porque es «cool», porque es ir a contracorriente. Me asusta porque esa es la forma más fácil de caer en los peligros del unschooling: de lanzarte a ello sin haberlo entendido realmente bien, sin haberlo integrado, sin haber hecho el tan necesario proceso de desescolarización previo. Y luego pueden pasar dos cosas: que hagas de tus hijos unos desgraciados incultos y maleducados (lo he visto). O que acabes diciendo que «esto no funciona» (también lo he visto).
Me entristece ver (y leer) a madres (porque suelen ser ellas, solemos ser nosotras) empeñarse en colgarse la etiqueta del unschooling cuando no es eso lo que hacen. Es como aquella gente que se fanatiza con Montessori hasta el punto de seguirla a ella en vez de seguir al niño, priorizando la etiqueta antes que las verdaderas necesidades del niño, justo al revés de lo que ella proponía. Me recuerdan también a todas esas familias que están tan implicados en proyectos de educación libre que acaban dedicando más tiempo y energía al propio proyecto que a sus hijos. 
Pienso que si uno quisiera ser unschooler y sus circunstancias no se lo permiten (porque por el momento tiene que escolarizar, o porque las leyes de su país le obligan a seguir un currículum y a examinarse, por ejemplo) lo mejor que puede hacer es centrarse en los niños, disfrutar de ellos y con ellos, procurar que su experiencia educativa sea lo más positiva posible y, mientras tanto, explorar las posibilidades reales de escorar hacia el unschooling.
Damián en 2009. Un día cualquiera.
Aprendiendo


Nosotros no hacemos unschooling porque hayamos creído que era el mejor sistema de educación y se lo hayamos impuesto a nuestro hijo. No. Eso sería tan perverso (y perjudicial) como imponerle ir a la escuela X o a la escuela Y o cualquier otro modelo. Si me hubieran preguntado cuando empecé a educar sin escuela, habría dicho que íbamos a ser homeschoolers eclécticos con una buena base de educación clásica. Eso es lo que a mi me gusta, lo que me parece óptimo cuando lo analizo desde una perspectiva meramente intelectual y racional. Es, probablemente, lo que mejor habría funcionado conmigo cuando era pequeña. Pero «life happens», como dicen los anglosajones, y resultó que mi hijo es 100% unschooler. Más aún: es Radical Unschooler. Esto es lo que funciona para él. Donde se siente cómodo y libre, donde el aprendizaje realmente puede suceder con facilidad.

La semana que viene se cumplirán 8 años desde que salimos del sistema. A día de hoy estoy plenamente convencida de que el unschooling puede funcionar con todos los niños sin excepción. Pero que «pueda» funcionar no lo convierte en un sistema óptimo para todos. Que «pueda» o pudiera funcionar con cualquier niño no significa que así sea. Hay muchas circunstancias que pueden hacer que el unschooling no funcione y no voy a entrar en ellas ahora pues es una cuestión muy extensa. Sí quiero remarcar la importancia de observar al niño. A cada niño. Es crucial descubrir qué es lo que mueve al niño, qué le inspira, de qué forma se acerca al conocimiento y cómo gestiona sus aprendizajes. En base a eso, y a nuestras posibilidades, es en lo que deberíamos elegir el sistema que vamos a utilizar. Sigo creyendo que no hay un sistema mejor que otro. Por eso hice «Educación a la carta«.
© 2018 Laura Mascaró Rotger. Todos los derechos reservados.

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