Salvador, tus relojes se están derritiendo

Salvador, tus relojes se están derritiendo

¿Y quién es nadie para decirme que Holden Caulfield es un desgraciado o que Tirant Lo Blanch es una obra maestra a la que nada se le puede criticar o que La Metamorfosis tienen muchas interpretaciones pero no puedes decir que es una mierda y que Kafka nos tomó el pelo a todos con ese cuento?

En algún momento de mi vida me convencí de que yo no era una persona creativa, de que no tenía ningún talento para el arte ni mucho menos ninguna sensibilidad cromática.

Sin embargo, los informes de mi escuela infantil aseguran todo lo contrario.

¿Qué pasó entremedias? 

Lo he recordado al ver un hilo en un foro de homeschooling que comenzaba con esta imagen, extraída del pinterest de una maestra:

-Colorear dentro de las líneas

-Colores que tengan sentido

-Sin espacios en blanco

¿Qué nos dice esta imagen?

  • Nos dice que sólo quienes pintan sin salirse de la raya son felices. De ahí podemos inferir que sólo los que así lo hagan serán queridos por el maestro.

 

  • Nos dice que hay colores que tienen sentido y colores que no lo tienen y que lo correcto es usar los que sí lo tienen.

 

  • Nos dice que no sólo debemos colorear sin salir de la raya sino que debemos colorear todo el espacio que esté dentro de las rayas.

 

  • Hay quien argumenta que con este ejercicio se pretende desarrollar la motricidad fina pero ¿es necesario elegir unos colores determinados por otras personas para desarrollar la motricidad fina? Rotundamente, no. ¿Y es necesario no dejar espacios en blanco? Rotundamente, no.

 

La cosa empeora cuando conocemos la intencionalidad real de la maestra que usó este «star paper». Lo que ella pretendía era dar una guía de corrección a sus alumnos para que pudieran evaluarse y calificarse mutuamente. Para ello necesitaban conocer unos criterios objetivos que faciliten su crítica al trabajo del compañero. Supongo que a Matisse le habrían suspendido por lo de la pipa. Por no hablar de Seurat y Signac, que dejaban espacios en blanco por doquier. O Dalí, que se le derretían los relojes.

 

 

En los dos meses que Damián asistió a la escuela infantil pasaron dos cosas:

una, se volvió hiper-perfeccionista

dos, se volvió hiper-realista

 

Yo me preguntaba cómo es posible que un niño de tres años tenga tan poca imaginación que, al leerle un cuento o ver una película, criticara todo lo que no se ajustara exactamente a la realidad. «Los elefantes no hablan», decía. O «las personas no vuelan».

 

Luego supe que le habían obligado a escribir el número 1 usando tres palitos y no uno sólo, como él estaba acostumbrado a hacerlo. De modo que, mientras sus compañeros iban ya por el número 4 o 5, él seguía repitiendo el número 1 porque no le salía «correctamente». Que supiera contar, leer y escribir hasta el 100 y realizar sumas y restas sencillas no importaba. Lo que importaba era que el número 1 estuviera «correctamente» escrito.

 

De pintar ni hablamos. Hasta los 6 años (3 después de ser desescolarizado) no comenzó a dibujar; y hasta los 7 no comenzó a colorear, un poquito, sus dibujos.

La obsesión por entrenar a los niños en el arte de dar siempre la única respuesta correcta está acabando con ellos.

Esto no es algo nuevo.

 

Es lo mismo que cuando en el instituto el profesor de catalán nos ponía tareas y exámenes con preguntas de opinión, es decir, de ideología, y si no dabas la respuesta que él quería, por más que justificaras tu opinión, estabas suspendido. Adivinen quién suspendía siempre.

 

O como cuando en clase de literatura había que interpretar un texto y sólo aceptaban interpretaciones autorizadas de autores reconocidos, pero no podías sacarte una de la manga.

 

¿Y quién es nadie para decirme que Holden Caulfield es un desgraciado o que Tirant Lo Blanch es una obra maestra a la que nada se le puede criticar o que La Metamorfosis tienen muchas interpretaciones pero no puedes decir que es una mierda y que Kafka nos tomó el pelo a todos con ese cuento?

 

Casi nunca hay una sola respuesta correcta. Todo depende de cómo argumentemos esa respuesta, y desde qué perspectiva estemos analizando la cuestión.

 

En menorquín usamos el verbo «colocar» para referirnos a «recoger» o «guardar» además de «organizar». Un día, cuando mi hermano era pequeño, mi madre le pidió que «colocara» los coches que tenía esparcidos por todo el pasillo. ¿Qué esperaba ella? Que los cogiera y los metiera todos en su caja o donde fuera que se consideraran «recogidos».

 

¿Qué hizo el niño?

 

¡Una hilera perfectamente centrada en medio del pasillo!

Así estaban muy bien «colocados». Es lo mismo que cuando les decimos que se porten «bien». Pero ¿qué significa «bien» para ellos y qué significa para nosotros?

 

Y muchas veces ellos tienen razón. Tienen razón cuando resuelven los problemas matemáticos desde un punto de vista lógico y realista y no desde un punto de vista meramente técnico-matemático. Cuando el libro dice: «tienes 12 euros y la entrada al cine cuesta 9. ¿Cuántos euros te quedan?» Y te responden que no les queda para palomitas y que sería mejor ir al cine el día del espectador, cuando la entrada es más barata.

 

Pienso que en las facultades de puericultura, magisterio y pedagogía deberían dejarse de tanta tontería y ponerse a leer a Roger Shank, Ken Robinson y Julia Cameron, entre otros. Y que deberían estudiar las vidas de todos esos locos que hicieron cosas que «no eran correctas» y gracias a las cuales el mundo ha avanzado, como los que han hecho posible que volemos a cualquier parte del mundo en unas horas, o que podamos comunicarnos ipso-facto en la distancia, o que podamos alumbrar nuestras casas con sólo tocar un interruptor.

 

 

¿No es mejor nuestra vida gracias a esos locos que decidieron no seguir las reglas y no buscar la «respuesta correcta»?

 

© 2018 Laura Mascaró Rotger. Todos los derechos reservados.

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