Jugar y dejar jugar

Jugar y dejar jugar

Se entiende que al escuchar, Momo no hacía ninguna diferencia entre adultos y niños. Pero los niños tenían otra razón más para que les gustara tanto ir al viejo anfiteatro. Desde que Momo estaba allí, sabían jugar como nunca habían jugado. No les quedaba ni un solo momento para aburrirse. Y eso no se debía a que Momo hiciera buenas sugerencias. No, Momo simplemente estaba allí y participaba en el juego. Y por eso -no se sabe cómo- los propios niños tenían mejores ideas. Cada día inventaban un juego nuevo, más divertido que el anterior. Momo, Michael Ende(ilustración del autor) Releer “Momo” siendo madre es una continua invitación a la reflexión. Con este párrafo empieza el capítulo 3 y ahí tuve que parar. Pensé en todas las horas que paso en el parque (unas dos o tres diarias) y en las escenas de las que ahí soy testigo: madres persiguiendo …

Se entiende que al escuchar, Momo no hacía ninguna diferencia entre adultos y niños. Pero los niños tenían otra razón más para que les gustara tanto ir al viejo anfiteatro. Desde que Momo estaba allí, sabían jugar como nunca habían jugado. No les quedaba ni un solo momento para aburrirse. Y eso no se debía a que Momo hiciera buenas sugerencias. No, Momo simplemente estaba allí y participaba en el juego. Y por eso -no se sabe cómo- los propios niños tenían mejores ideas. Cada día inventaban un juego nuevo, más divertido que el anterior.

Momo, Michael Ende
(ilustración del autor)

Releer “Momo” siendo madre es una continua invitación a la reflexión. Con este párrafo empieza el capítulo 3 y ahí tuve que parar. Pensé en todas las horas que paso en el parque (unas dos o tres diarias) y en las escenas de las que ahí soy testigo: madres persiguiendo a sus hijos con la merienda en la mano, esas mismas madres amenazando a sus mismos hijos con irse a casa si no se comen todo el bocadillo (forzar a comer y, además, darle una connotación negativa al hecho de ir a casa), madres diciendo a sus hijos no hagas eso, no corras que te caes, te vas a hacer daño, déjales tus juguetes (¿dejarían ellos su coche con esa facilidad?), ponte la chaqueta que hace frío y te vas a resfriar (cuando son ellas las que tienen frío porque están sentadas todo el rato, y no tienen en cuenta que los niños no paran de moverse y entran en calor) y un largo etcétera.
Esas madres, por supuesto, también dirigen y controlan el juego de los niños. Les dicen qué deben hacer, cómo y con quién. Da igual que el niño prefiera un juego a otro o unos niños a otros.

Demasiadas madres son incapaces de escuchar, incapaces de mantenerse al margen e incapaces de participar en el juego de los niños. Yo las llamo madres-Rottenmeyer.

Los niños tienen suficiente con saber que son escuchados, que lo que ellos piensan, quieren y sienten, importa. A las madres que lo saben, las llamo madres-Momo.

Ahora ¿cuál prefieres ser tú?

2 Comentarios

  1. Quiero ser madre momo, pero creo que me parezco más a la rothenmeyer. Me ayudas a arreglarlo?

    Que preciosa entrada.

    Leí Momo hace muchos años. Creo que toca releerlo.

    Un abrazo

  2. Oh, Maite, todo tiene arreglo, sobretodo si eres consciente de la situación 😉
    Yo te ayudo intentando dar ejemplo; lo demás, corre de tu cuenta. No tengo ninguna duda de que lo vas a conseguir.¡Momoízate!

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