Di que sí

Di que sí

22/07/2012

Un niño de cinco años le dijo a su madre: “siempre que te pido algo, me dices que no”. Se dio la vuelta sin darle opción a contestarle, así que la madre intentó justificarse ante mí. Ella se agarraba a la peligrosa idea de que, cuando le decía que no, lo hacía por el bien del niño. Pero no es por su propio bien si las necesidades del niño no son tenidas en cuenta. Tal vez, desde la perspectiva de la madre, las necesidades del niño no eran tales, o no eran adecuadas, o no eran importantes. Por eso casi siempre le decía que no, porque ni se planteaba la posibilidad de ver las cosas desde la perspectiva del niño. Esta madre (como muchas otras) consideraba, además, que una vez había dicho que no, tenía que mantenerse en su posición para no perder el control. Disfrazaba su actitud de coherencia, …

Un niño de cinco años le dijo a
su madre: “siempre que te pido algo, me dices que no”. Se dio la vuelta sin
darle opción a contestarle, así que la madre intentó justificarse ante mí. Ella
se agarraba a la peligrosa idea de que, cuando le decía que no, lo hacía por el
bien del niño. Pero no es por su propio bien si las necesidades del niño no son
tenidas en cuenta. Tal vez, desde la perspectiva de la madre, las necesidades
del niño no eran tales, o no eran adecuadas, o no eran importantes. Por eso
casi siempre le decía que no, porque ni se planteaba la posibilidad de ver las
cosas desde la perspectiva del niño. Esta madre (como muchas otras)
consideraba, además, que una vez había dicho que no, tenía que mantenerse en su
posición para no perder el control. Disfrazaba su actitud de coherencia,
incluso estaba convencida de que actuaba bien, de que realmente era coherente y
de que lo hacía por el bien del niño.
La psicóloga Alice Miller
analiza, a través de sus libros, cómo la crianza que se da a los niños
determina la situación de una sociedad. Es especialmente revelador, en este
sentido, su libro “Por tu propio bien”. Si queremos cambiar el estado de la
sociedad, cambiemos primero la relación que tenemos con nuestros propios hijos
y, por extensión, con todos los niños de nuestro entorno. Una forma de empezar
a hacerlo es cambiando el afán de control por el respeto; dejando de ver la
crianza como una lucha constante de poderes y empezando a considerar al niño
como individuo que es. Como bien dice el pediatra Carlos González: tu hijo es
una buena persona
. Dale el respeto que se merece (que es todo), reconoce que
sus necesidades pueden diferir de lo que tú, a priori, consideraste adecuado,
admite tus errores y no te enquistes en una posición equivocada sólo porque fue
lo primero que dijiste.
Joyce Fetteroll tiene una
sencilla técnica para lograrlo: imagina que tienes una cantidad limitada de
“noes” para darles a tus hijos a lo largo de toda la vida. Desde el momento en
que la cantidad es limitada, cada vez que debas responderle a un hijo tratarás
de buscar la forma de contestarle que sí. De este modo, habrás empezado el
camino del cambio en vuestra relación, valorando más sus peticiones, que no son
otra cosa que la expresión de sus necesidades puntuales. Conviene recordar que
un sí puede darse de muchas formas diferentes, cómo éstas: “sí, podemos hacer
esto dentro de quince minutos, cuando acabe lo que estoy haciendo ahora
”, “sí,
puedes comprar ese juguete, pensemos en formas de conseguir suficiente dinero
”,
sí, podemos hacerlo mañana, porque ahora estoy demasiado cansada”.
Si nos planteamos la crianza en
términos de creación de recuerdos para el futuro de nuestros hijos, empezaremos
a cambiar nuestras prioridades cotidianas. ¿Queremos que recuerden aquél verano
tan divertido que pasaron junto a sus padres, o queremos que recuerden aquella
casa tan limpia y ordenada a la que tan afanosamente se dedicaba su madre?
Amigos, la vida es demasiado
corta, y demasiado importante, para que dediquemos el tiempo y la energía a
asuntos triviales; como para dejar que la relación con nuestros hijos esté
marcada por nuestro ego y por conflictos innecesarios; como para permitir que
nuestra reserva vitalicia de “noes” se nos agote en tres  cuatro años. Inténtalo por un día: cuando tu
hijo te pregunte, di que sí.

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