Menos proselitismo y más pedagogía

Menos proselitismo y más pedagogía

25/07/2013

“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción. Curiosamente, cuando llegué a Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente …

“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción.
Curiosamente, cuando llegué a
Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente que
escribiera usando la variante balear. Me permitían usar las expresiones y el
léxico propio del menorquín, algo que siempre entendieron como una riqueza
cultural. Se sorprendieron al saber que en esta isla tan pequeña existen dos
sistemas vocálicos, que cada pueblo tiene su léxico específico y que en
Mallorca y en Ibiza se habla de otras formas. Jamás en Cataluña me dieron una
tarea o una pregunta de examen con contenido ideológico, y no dudo que mis
profesores tenían sus propias ideas sobre el nacionalismo catalán y sobre el
nacionalismo español. Nunca supe cuáles eran esas ideas porque esa gente se
dedicaba a hacer pedagogía. No sé si a día de hoy las cosas han cambiado en la
Ciudad Condal, aunque intuyo que sí. Lo que sé es que por otros lares una buena
parte del cuerpo docente es más papista que el papa. Son los mismos que piden
pactos por la educación cuando no gobiernan los suyos pero que imponen su
limitada cosmovisión cuando tienen el poder. Los mismos que aplauden la destitución de un cargo puesto a dedo por una expresión inadecuada en las redes sociales pero que aplauden igualmente que en cierto canal de televisión se dispare contra el Rey de España o se pida la muerte de quienes no comulgan con
sus ideas. Los mismo que tergiversan la historia llegando a creerla, los que
han conseguido que los abuelos menorquines y que los payeses menorquines pasen
por ignorantes a ojos de los niños por no hablar como los manuales dicen que
hay que hablar.
Las Islas Baleares son las nuevas
colonias, pero no por méritos propios de una Cataluña imperialista sino por la
traición de quienes supuestamente habían de defender otras ideas. Esa
aberración llamada “normalización lingüística” se la debemos al Partido Popular
de Gabriel Cañellas y a la pasmosa pasividad de quienes les han seguido
votando. Porque nada hace tanto daño a una cultura y a una lengua como la
combinación explosiva de la cobardía de quienes imponen a golpe de decreto y la
vileza de quienes se erigen en únicos y legítimos defensores de una noble causa
por la que cincelan los tiernos cerebros de nuestros niños.

La izquierda balear, catalanista
por definición, pelea en las redes sociales con los populares, supuestamente
españolistas pero ignorantes de que la catalanización de las islas la
oficializó su propio partido. Unos y otros evidencian su bajeza moral al caer
en la descalificación personal y el insulto gratuito. Los datos y los
argumentos brillan por su ausencia. En las aulas, mientras tanto, se sigue
sustituyendo a la pedagogía por el proselitismo.

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