Señor Dios, soy Anna

Señor Dios, soy Anna

19/09/2014

En mi perfil personal de Facebook me nominaron para que publicara el listado de 10 libros que han cambiado mi vida. Uno de ellos se titula «Señor Dios, soy Anna» y lo leí a los 8 años, justamente el curso que no fui al colegio. «Anna puede desarmar a cualquiera con sus interminables preguntas. Y conocerlas significa tener que volver a plantearse de nuevo todas esas interrogantes para las que creíamos tener ya respuesta.» «El enamoramiento de los números se marchitó un poco sin que, durante largo tiempo, llegara yo a saber por qué. Fue Charles quien me puso en la pista de la explicación. Charles era profesor en la misma escuela de la señorita Haynes, y la señorita Haynes enseñaba a sumar. Anna iba a la escuela de no muy buena gana y, como llegaría a saber después, no muy frecuentemente. En una de las clases de sumas, la …


En mi perfil personal de Facebook me nominaron para que publicara el listado de 10 libros que han cambiado mi vida. Uno de ellos se titula «Señor Dios, soy Anna» y lo leí a los 8 años, justamente el curso que no fui al colegio.
«Anna puede desarmar a cualquiera
con sus interminables preguntas.
Y conocerlas significa tener que
volver a plantearse de nuevo
todas esas interrogantes para las
que creíamos tener ya respuesta.»
«El enamoramiento de los números se marchitó un poco sin que, durante largo tiempo, llegara yo a saber por qué. Fue Charles quien me puso en la pista de la explicación. Charles era profesor en la misma escuela de la señorita Haynes, y la señorita Haynes enseñaba a sumar. Anna iba a la escuela de no muy buena gana y, como llegaría a saber después, no muy frecuentemente. En una de las clases de sumas, la señorita Haynes se había dirigido a Anna
– Si tuvieras una hilera de doce flores -le preguntó- y tuvieras 12 hileras ¿Cuántas flores tendrías?
¡Pobre señorita Haynes! Si se hubiera limitado a preguntarle a Anna cuánto es doce por doce, habría obtenido la respuesta que esperaba, pero no; tuvo que empezar a dar vueltas con las flores, con hileras y todo eso. Claro que obtuvo una respuesta; no la que ella esperaba, pero obtuvo una respuesta.
Anna aspiró ruidosamente el aire, en un tono que indicaba la desaprobación más absoluta. 
– Si cultiva así las flores, no crecerá ninguna.
La señorita Haynes estaba hecha de un material muy especial, y esa respuesta la dejó impávida. Lo intentó de nuevo.
– Tienes siete caramelos en una mano y nueve en la otra. ¿Cuántos caramelos tienes en total?
– Ninguno -respondió Anna-. En esta mano no tengo ninguno, y en esta otra mano tampoco, así que no tengo ninguno, y está mal decir que tengo si en realidad no tengo. 
La valiente, intrépida señorita Haynes volvió a insistir. 
– Quiero que te lo imagines, querida; que imagines que los tienes
Una vez recibidas las instrucciones, Anna se lo imaginó y dio la respuesta, triunfante:
– Catorce.
– Oh, no, querida -corrigió la valerosa señorita Haynes-. Tienes dieciséis. Fíjate que siete más nueve son dieciséis. 
– Eso ya lo sé -aclaró Anna-, pero como usted dijo que me imaginara, me imaginé que me comía uno y regalaba otro, así que tengo catorce. 
Siempre he pensado que las palabras que siguieron iban encaminadas a aliviar el dolor y la angustia que se reflejaron en la cara de la señorita Haynes. 
– Pero no me gustó, estaba ácido -admitió como si ella misma se castigara. 
Esas actitudes hacia una cosa del Señor Dios como los números eran poco menos que imperdonables, y era lo que más sublevaba a Anna.»
© 2018 Laura Mascaró Rotger. Todos los derechos reservados.

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